El Camino de Santiago

El Camino de Santiago ha significado el primer elemento vertebrador del viejo continente.

El hallazgo del sepulcro del primer Apóstol mártir, supuso encontrar un punto de referencia indiscutible en el que podían converger la pluralidad de concepciones de distintos pueblos ya cristianizados, pero necesitados entonces de unidad.

Conscientes de la importancia que suponía tener una reliquia como los restos de Santiago el Mayor para sus intereses militares (necesitaban guerreros y dinero en su lucha contra los moros), las monarquías españolas colaboraron activamente en el éxito del Camino Santo.

Los soberanos de Aragón, Navarra y Castilla se esforzaron por atraer a sus dominios a gentes ricas y poderosas de otros países, por lo que usaron todos los medios a su alcance para seducirlos: Intercambios de presentes, política de matrimonios y proclamación de los favores que otorgaba el Apóstol si uno iba a visitar el sepulcro.

La creencia, cada vez más extendida, en los milagros de Santiago, provocó que la gente comenzara a peregrinar hacia Santiago de Compostela para obtener su gracia. El primer peregrino conocido fue Gotescalco, Obispo de Puy (año 950), en unión de una importante comitiva; más tarde recorrería el camino Raimundo II, marqués de Gothia, quien sería asesinado en el trayecto y, un siglo después, visitaría la tumba del Apóstol el Arzobispo de Lyon. Junto con estos peregrinos ilustres, caminaron creyentes de todas las condiciones, cada vez en mayor número.

El Camino de Santiago ha ido unido indisociablemente a la cultura, a la formación y a la información. Cuanto se decía, predicaba, contaba, cantaba, esculpía o pintaba en el Camino, alcanzaba siempre a más gente y más lugares. Gracias a su influjo en el Arte y la Literatura, Compostela, junto con Jerusalén y Roma, se convirtió en meta de la sociedad cristiana, especialmente a partir del siglo XI hasta el XIV.

El Camino, fenómeno de peregrinación jacobeo, llegaría a ser un foco catalizador de toda la sociedad cristiana.